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Christianete

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1,80, ojos verdes, media melena castaña, cabezota, orgulloso, majete,fiestero y ante todo me comporto con la gente tal y como ellos se comportan conmigo. "Quien habla a mis espaldas, mi culo le contempla" "La amistad verdadera existe cuando el silencio entre 2 personas resulta cómodo" "Amigos piratas" "Ya nadie habla"

El Rincón Magnífico

Tinta Crítica
April 14

En un lugar de la cancha

 

En un lugar de la cancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,

No ha mucho tiempo que la magia murió en empeño.

Nació el sueño y voló la pasta, malgasta

la casta el rival más fuerte, la magia sudaba,

Calaba de improperios los pitidos absurdos,

Secuestraba a los kurdos entre sus propias montañas,

Les quitaba las legañas a base de puntos en las brechas,

Les abría la cabeza bajo el grito de Unipaja.

Eran quince los hidalgos de los de lanza en astillero,

Eran quince perros perdigueros, la mitad de treinta amantes,

Demasiados gigantes para tan pocos molinos, maldijeron.

Se metían en las grescas los abuelos, despotricaban,

Arrullaban entre ellos: “Malditos unipajeros,

Tan dispares, tan enanos, tan poco ruido y tantas nueces.”

 

En un lugar de la cancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,

No ha mucho tiempo que la magia murió entre copas.

Se lavó la ropa y se tendió el sueño, soñando

con otro año bien parido, con siete meses de ladridos,

Cuatrocientas canastas con sus respectivas jugadas,

Setecientas citas en la Villa, mil cervezas en el chino,

Otro gusanito lanzado por el presi, más abuelos,

Menos pelo en pecho y más cachorras en las gradas.

Las hadas y los carteles anuncian: “Los héroes del Unipaja,

Llegaron, vieron, vencieron y volverán más recios.”

Necios aquellos que piensen lo contrario,

Conocerán nuestras andanzas hasta en el extrarradio,

Vendrán más dulcineas y todos nuestros sanchos,

Para que a lo ancho del globo relaten nuestras proezas.

February 27

La jauría de perras del hortelano

 

Cuenta la leyenda la existencia de una manada de perras adiestradas para el incordio malsano y malparido, con tensas miradas y fauces babeantes de resquemor voluble y frívolo que quemaba cual ácido de laboratorio. La jauría de canes avanzaba en grupo, como astutos velociraptores entrenados para la caza, porque precisamente eso era lo que hacían, gruñir, morder y cazar, en ese orden. Podían también ir solas pero siempre se detectaban unas a otras husmeando el aire, hinchando la vena aorta por presión y rugiendo ferozmente. Era su modo de aullar y de orinar en las esquinas, su manera de marcar el territorio y ampliarlo a su antojo. Como si el terreno y todo lo que hay en él, tuviera vida o no, fuera gratuito y frágil. Eran las perras del hortelano.

 

Cuenta un amigo que un día pudo ver a las perras del hortelano. “Eran muchas”, me juró, casi entre lágrimas. “Y daban miedo”. A decir verdad no le creí, eran sólo una leyenda contada en voz baja entre los pastores más ancianos de la comarca. Pero ahí estaban las lágrimas de mi pequeño compadre, artístico vendedor de humo pero justo y poético en sus franquezas. “Me miraban con rabia, sentía que me odiaban. Y babeaban”. Me llamó por el móvil y entre birras se desahogó. Realmente no sabía que decirle, puesto que yo nunca las había visto, así que me limité a darle la razón como a los locos.

 

Pasó un tiempo y pasaron dos. La comarca florecía entre algodones y los ancianos acumulaban años, fragmentos empíricos de altibajos emocionales cíclicos. Algunos despertaban cada mañana en una cama diferente, otros se enamoraban y arruinaban su vida por desesperación. Los más bravucones se endurecieron como el cuarzo y los más románticos sollozaban a la sombra de una higuera por los amores perdidos. Todo era normal, podría decirse que incluso bello. Pero la leyenda se disparó de nuevo como un obús del cuarenta y siete cuando varios ancianos comentaron en su círculo de amistades que habían visto varias sombras merodear la comarca. Sombras con un aura malvada y carnívora, si es que tal adjetivo puede servir para describir semejante fulgor.

 

Dormía yo plácidamente cuando recibí una llamada. Mi amigo quería tomar unas birras en su casa, lo que implicaba una nueva charla. Acudí presto a la cita y, en la lejanía, pude observar horrorizado como una cuadrilla de animales rodeaban su edificio, acechándolo mientras rugían con furia y un recelo mezquino que apestaba a la legua. Pero en esta ocasión el tipo sonreía en la ventana. “¡Ya no las tengo miedo!” gritó. Besó una fotografía colgada cuidadosamente en el alféizar y, de la nada, sacó una recortada con un cañón largo y reluciente. Apuntó con cuidado y le voló la cabeza a cada una de aquellas criaturas, que aún decapitadas agujerearon el suelo con su sangre avinagrada y corrosiva.

 

La leyenda de las perras del hortelano había muerto. Ya nadie gruñía, ni mordía, ni cazaba, porque a todos los ancianos les daba igual. El miedo estaba enterrado y nació una nueva justicia poética: la de la foto y la recortada.

January 25

Los hombres de Paco y su involución

 

Casi novecientos días después de su estreno, con más de cincuenta episodios a sus espaldas y un elenco de actores que se antoja exquisitamente cómico, los compinches de Paco Tous (bueno, sus guionistas) han decido tirar por la borda todo el esfuerzo empleado para convertirse en líderes de audiencia en el prime time del día de su emisión. De nada sirve que Michelle Jenner siga siendo la “lolita de la tele” y que Hugo Silva continúe desatando suspiros sexuales entre las adolescentes, ya no son incentivos suficientes para imantar a su audiencia y la muerte se aproxima. Ya se huele la putrefacción incluso antes de la descomposición, cosa mala para los aristócratas fieles a la serie.

 

Sentencian los sabios teleadictos que la excelencia de una serie no es perpetua, se marchita con el paso del tiempo y su trayectoria es en espiral, como si su destino estuviera irremediablemente avocado al fracaso. Esto puede darse, por ejemplo, cuando el guión se repite hasta la saciedad y hastía a los espectadores, cuyo número irá disminuyendo poco a poco en proporción a su nivel de hartura. Pero éste no es el caso de la serie de Antena 3, especialista en inmolar productos para alcanzar el éxito a toda costa (que se lo digan a Jack Bauer…), sino que su problema es más interno, de carácter quasi-filosófico. En fin, que se ha convertido en un dramón pastelero, con síntomas que atufan a suicidio implacable.

 

Las carcajadas que antes provocaban las irrisorias situaciones vividas por Paco y sus hombres han sido sustituidas por bostezos, llantinas y otras sensaciones difícilmente descriptibles con palabras, aunque desgraciadamente todas desembocan en la decepción. Digamos que, con su giro radical, la producción ha mutado en una telenovela made in Colombia, solo que en ésta nadie se llama Carlos Alfredo ni los glúteos de sus protagonistas femeninas están tan morenitos ni tan tersos. Además, se aprecia una ligera y penosa tendencia a imitar series yankis. ¿Qué hacen Povedilla y Lucas tanto tiempo en la cárcel para su misión? ¿Y por qué cojones tienen que quedarse ahora a defender al comisario? Esto no es Prison Break, cada uno a lo suyo.

 

Dudo si esta involución estará ligada a la impericia de los guionistas, cosa que me extrañaría echando un vistazo a los primeros capítulos de la serie y sus datos de audiencia, aunque lo que realmente demuestra es que el humor español está desapareciendo. ¡Ay, qué habrá sido de los clásicos humoristas que nos deleitaban con sus sketches y su salero propio! Ahora todo es humor inteligente, sátiro, verde, censurado, premeditado, irónico, racial, sarcástico o envenenado. ¡Queremos más humor estúpido, absurdo y sin sentido alguno! Si la fórmula funcionaba… ¿Para qué cambiarla? ¡Como esto siga así, ya sólo nos quedarán el jamón y las sevillanas!

December 18

Somos como niños

 

Los problemas y rompecabezas llegan con la madurez. A partir de ese mismo momento en el que uno es consciente de que existe vida más allá de la videoconsola, de los primeros cigarritos a escondidas en los baños del colegio, de las mañanas con Goku y las noches en que la una de la madrugada era una hora prohibida. Sí, existe vida más adelante, pero muchos desearán estancarse en esa etapa y continuar creciendo, desarrollando el intelecto pero huyendo de las responsabilidades. Son como niños.

 

Esos puñeteros niños que, con sonrisa perpetua y carentes de juicios morales, inundan los parques y se convierten en torbellinos allá por donde pasan. Todo el mundo les respeta: “Son niños”, piensan los abuelos. “Qué monos”, chismorrean los padres. Y entre ellos no existe lo que a estas alturas llamamos crítica, sino un vacile risueño e infantil que se gesta sólo para motivar a los presentes, nunca con maldad.

 

Esos malditos niños que únicamente ríen, comen y duermen. Son sus tres pilares básicos de supervivencia. No existe posibilidad alguna de que imaginen cuál será su futuro, qué consecuencias provocarán con sus actos y sus inconscientes puestas en evidencia y cuáles son sus auténticos deseos. Aunque se ha comprobado que éstos cambian cada pocos segundos, como caprichos efímeros que nacen, mueren y también comen.

 

Son esos niños los que despiertan la envidia de los mayores, de los que ya han topado con la realidad de los huracanes adultos. Por suerte o por desgracia, los niños se mantienen al margen de este asunto y gozan plenamente de su salud, si las heridas del añorado fútbol en el recreo lo permiten. Para ellos el universo disfruta de una plácida armonía que gira en torno a la televisión y a los videojuegos, principales orígenes de su diversión personal.

 

Esos entrañables niños… cuántas cosas tienen que les hacen felices sin ninguna preocupación. En el fondo, no son sólo unos pocos los que añoran su irresponsabilidad. Todos llevamos algo de Peter Pan dentro.

November 26

[REC] o la cafeína cinematográfica

por Christian Rubio

 

Cuando se cumplen las expectativas que un cinéfilo tenía depositadas sobre una película, en el mismo momento en el que llegan los créditos y queda extasiado le da igual el resto del universo. En su cabeza relampaguean constantemente imágenes del film, sus escenas cumbre, sus diálogos más simbólicos. Si a este bombardeo de fotogramas mentales le inyectamos una dosis desproporcionada de terror y angustia obtenemos la noche después de ver [REC],  ese producto que conmocionó a la audiencia en el Festival de Sitges e hizo apartar la mirada de la pantalla a más de uno.

 

Si en sus diez primeros minutos [REC] da la sensación de que vaya a convertirse en una hora y media de tedio, durante el resto de la película borra de un plumazo las caras de decepción de aquellos que ya se arrepentían de haberse dejado un puñado de euros en semejante bodrio. “Joder, acabo de desperdiciar 7 cañas”, pensarían muchos. Pero lo que no tenían en cuenta era una ley natural que reza que no se debe subestimar aquello que uno desconoce, o acabará por venirle demasiado grande. Así se sucedió la película, con un tono ascendente que desemboca en veinte minutos finales de auténtico pavor.

 

Pero vayamos por partes. Ángela, periodista de un canal de televisión local, y su compañero Pablo como cámara se encuentran realizando un reportaje sobre el cuerpo de bomberos de Barcelona. La noche transcurre tranquila y aburrida hasta que una llamada les lleva a un edificio en el corazón de la ciudad, donde descubren las quejas de una comunidad de vecinos por los chillidos de una anciana en el segundo piso… y comienza el minuto 11. Y con él llega la oscuridad, los giros de cámara asfixiantes, los gritos, los mordiscos y los respingos. Los pitillos que se estaban fumando los quinquis de la última fila se apagan con un gemido ahogado. “Que no me vea la novia”, pensarían ahora. Pero ya era tarde, se habían sentado y respiraban, se habían convertido en un espectador más, susceptible de no dormir esa noche por la conmoción.

 

Porque si algo hay que destacar de [REC] es, sin duda, el agobio y la claustrofobia que transmite. Los personajes son enormemente creíbles y cualquiera estaría familiarizado con ellos: Un argentino excéntrico, una pareja de abueletes con ligera chochera, una familia china que no sabe prácticamente nada del castellano… En fin, la historia podría desarrollarse en nuestro bloque de al lado. Además, el edificio ya de por sí es tétrico, antiguo y que invita a no alquilar jamás una habitación en él. Todos los factores se orquestan fabulosamente, incluso tendrán el poder de sugestionarnos hasta tal punto que nos convertiremos en propios actores, mordiendo a nuestro vecino de butaca en medio de un aullido o clavándole las uñas hasta el cúbito.

 

Los efectos de luz, a diferencia de Holocausto Caníbal y El proyecto de la Bruja de Blair (precursores del cine de terror en perspectiva de primera persona), son sublimes y siempre en su justa medida. Los planos no son ni descaradamente oscuros como para dejar implícita la tensión del momento ni excesivamente iluminados para no mostrar los posibles deslices en el maquillaje. Los sobresaltos serán una constante y en ningún momento sabremos cuándo daremos el bote de manera exacta, lo que le da un toque permanente de emoción o de intranquilidad, según se vea.

 

En definitiva, [REC] se ha consagrado como la mejor película de terror española de todos los tiempos y poco, muy poco, le falta para alcanzar el oro a escala mundial. Parecerá una exageración, pero todo es cuestión de gustos e impresiones. Su soplo de aire fresco al género, que bien lo necesitaba, y la perfecta interpretación de su plantilla de actores lo dota de unos rasgos soberbios. Tanto es así que su guión se ha convertido en carne de cañón en el mercado cinematográfico. Hollywood ya ha comprado sus derechos para hacer un remake (cuyo nombre será Quarantined) y los asiáticos apostaría el tabaco de un mes a que se lo están pensando. Olé, olé y olé.

November 14

Una fuga con Scofield

 

En un mundo desgarbado y aniquilado por la santurronería de lo débiles, siempre viene bien llevar encima un Michael Scofield. De esos chiquitines, como si  fuera un pokémon, para poder usarlo cuando creamos necesario. Que me perdone Wentworth Miller, no soy homosexual (Sorry man, I like women), sólo necesito para sobrevivir una cabecita pensante como la suya, con ingenio ilimitado y una templanza que roza la arrogancia subliminal. ¿Me la prestas, amigo, me permites tenerte como mascota?

 

Pero supongo que el pobre Went no tiene la culpa de ser así. Salió de las calles y entró en la sucia cárcel para salvar a su hermano, injustamente condenado por un crimen que no cometió, tatuado hasta la faringe y repleto de ideas. El plan era sencillo: escapar. No  requería nada más que su jugoso cerebro para culminarlo, porque todo el entramado ya estaba tejido en su materia gris. Ahí se encuentra el secreto de su éxito, en la capacidad para razonar y amueblar las ráfagas de lucidez y perspicacia que sólo unos cuantos tienen (tenemos, por qué no). Y no es cuestión de bajarse un cursillo para aprender online, ni que un amiguete te desvele el enigma de cómo hacerlo. Se nace con ello.

 

El pequeño gran matiz de diferencia es que lo que él consideraba la cárcel, yo lo considero un bungalow a la orilla del mar con los tiempos que corren hoy en día. Se ha dado rienda suelta al desenfreno de la estupidez y la ignorancia, esas aptitudes tan vitales para actuar con hipocresía. Bueno, en mi prisión prototipo los hipócritas no llevan traje de rayas ni una pesada bola de hierro enganchada al tobillo, pero siempre cargan con una dura condena encima, la de ser idiotas. ¡Olvidemos la cámara de gas, esto es mucho más indigno y justo!

 

Otros presos queman banderas y fotografías con la cara cubierta por una bufanda, supongo que alardeando su pronunciado carácter democrático. El tipo de la corona debe sentir un constante pitido en sus oídos y un “profundo orgullo y satisfacción” de la valentía y franqueza que transpira nuestro país. Supongo que rasgarse las vestiduras es algo que se inculca desde pequeño, desde el primer momento en el que alguien tira la primera piedra y esconde la mano con salero, como si fuera lo más común y atrevido.

 

¡Ay, Michael! ¡Quién te llevara en el bolsillo de los pantalones! Aquí la situación es cada vez más irrisoria y recalcitrante, y los presos confían en que tienen barra libre para cometer sus fechorías. Muchos de ellos apuñalan por la espalda y después silban con indiferencia, sin el suficiente pudor como para mirar a los ojos tras hacerlo ni tan siquiera enviar un e-mail más tarde. Y ya no sólo son los oscuros callejones los lugares idóneos para ello, sino que se ha abierto el abanico de posibilidades y ocurre frecuentemente en discotecas, parques, la casa de la novia, la del novio, comidas familiares, botellones… ¡Nos desbordan las cárceles, my friend!

 

Por eso ven conmigo y tráete tu cabeza contigo, tráete tus ganzúas y tus golpes de agudeza. Tatúate un mapa más grande y escapémonos de este antro, que el aire está ya demasiado cargado. ¿No te parece que estas lindezas populares ya nos están consumiendo, devorando nuestro preciado y sabroso cerebro? ¡Sacre bleu, bendito ostracismo!

 

PD: Allá donde nos fuguemos… ¿Habrá banderas? ¿Habrá reyes? ¿Tal vez mujeres psicópatas o botarates inútiles? Pero sobre todo… ¿Habrá alguien a quien mandar callar?

October 07

Día de basket

 

Era día de basket, y se notaba. Vaya si se notaba. Los pájaros cantaban, las nubes se levantaban y la euforia se contagiaba como un virus benigno y dulce, con síntomas de excitación previa al partido. Después se comprobaría que la enfermedad no mató al gigante sino que le hizo más fuerte, más pasional, más efectivo y enormemente familiarizado con sus armas, como si llevara toda la vida con ellas. Nosotros no nacimos con una barra de pan bajo el brazo, nacimos con magia en la muñeca, conejos blancos sin chistera, para qué, no nos hace falta. Vaya si se notaba.

 

Y a las 5 y pico de la tarde, el Sol salió únicamente para vernos jugar, quizás también febril, cansado de estar oculto y esperando su momento, el amigo tiene mucho afán de protagonismo. Así que nos envió sus rayos a la facultad de Montes, paraje donde actuaba el gigantesco mago de aptitudes innatas, colorada vestimenta y actitud melódica, casi divina. Pero los dioses esta vez no hicieron falta, más que nada porque esta vez eran ellos los que debían rezar por nuestra bendición, de cualidades perennes y que asfixia a los impíos.

 

Tanto es así, que el policía número 5 (Cortocircuito no, su número de la camiseta) asistió incrédulo al acto: introducción, nudo y desenlace de enojos cósmicos, subiendo muy alto y bajando excesivamente rápido. Era la cólera de una víctima que se disparó al pie al rodearse de cómplices ajenos al asunto, supongo que creyendo que nosotros íbamos a jugar al mus, aunque el resultado hubiera sido el mismo. Quintanas aparte (se nota donde estaba la calidad), el equipo rival duró 10 minutos, es decir, un refresco en el McDonalds o un intermedio de Antena 3. Eso logró aguantar.