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April 14

En un lugar de la cancha

 

En un lugar de la cancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,

No ha mucho tiempo que la magia murió en empeño.

Nació el sueño y voló la pasta, malgasta

la casta el rival más fuerte, la magia sudaba,

Calaba de improperios los pitidos absurdos,

Secuestraba a los kurdos entre sus propias montañas,

Les quitaba las legañas a base de puntos en las brechas,

Les abría la cabeza bajo el grito de Unipaja.

Eran quince los hidalgos de los de lanza en astillero,

Eran quince perros perdigueros, la mitad de treinta amantes,

Demasiados gigantes para tan pocos molinos, maldijeron.

Se metían en las grescas los abuelos, despotricaban,

Arrullaban entre ellos: “Malditos unipajeros,

Tan dispares, tan enanos, tan poco ruido y tantas nueces.”

 

En un lugar de la cancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,

No ha mucho tiempo que la magia murió entre copas.

Se lavó la ropa y se tendió el sueño, soñando

con otro año bien parido, con siete meses de ladridos,

Cuatrocientas canastas con sus respectivas jugadas,

Setecientas citas en la Villa, mil cervezas en el chino,

Otro gusanito lanzado por el presi, más abuelos,

Menos pelo en pecho y más cachorras en las gradas.

Las hadas y los carteles anuncian: “Los héroes del Unipaja,

Llegaron, vieron, vencieron y volverán más recios.”

Necios aquellos que piensen lo contrario,

Conocerán nuestras andanzas hasta en el extrarradio,

Vendrán más dulcineas y todos nuestros sanchos,

Para que a lo ancho del globo relaten nuestras proezas.

February 27

La jauría de perras del hortelano

 

Cuenta la leyenda la existencia de una manada de perras adiestradas para el incordio malsano y malparido, con tensas miradas y fauces babeantes de resquemor voluble y frívolo que quemaba cual ácido de laboratorio. La jauría de canes avanzaba en grupo, como astutos velociraptores entrenados para la caza, porque precisamente eso era lo que hacían, gruñir, morder y cazar, en ese orden. Podían también ir solas pero siempre se detectaban unas a otras husmeando el aire, hinchando la vena aorta por presión y rugiendo ferozmente. Era su modo de aullar y de orinar en las esquinas, su manera de marcar el territorio y ampliarlo a su antojo. Como si el terreno y todo lo que hay en él, tuviera vida o no, fuera gratuito y frágil. Eran las perras del hortelano.

 

Cuenta un amigo que un día pudo ver a las perras del hortelano. “Eran muchas”, me juró, casi entre lágrimas. “Y daban miedo”. A decir verdad no le creí, eran sólo una leyenda contada en voz baja entre los pastores más ancianos de la comarca. Pero ahí estaban las lágrimas de mi pequeño compadre, artístico vendedor de humo pero justo y poético en sus franquezas. “Me miraban con rabia, sentía que me odiaban. Y babeaban”. Me llamó por el móvil y entre birras se desahogó. Realmente no sabía que decirle, puesto que yo nunca las había visto, así que me limité a darle la razón como a los locos.

 

Pasó un tiempo y pasaron dos. La comarca florecía entre algodones y los ancianos acumulaban años, fragmentos empíricos de altibajos emocionales cíclicos. Algunos despertaban cada mañana en una cama diferente, otros se enamoraban y arruinaban su vida por desesperación. Los más bravucones se endurecieron como el cuarzo y los más románticos sollozaban a la sombra de una higuera por los amores perdidos. Todo era normal, podría decirse que incluso bello. Pero la leyenda se disparó de nuevo como un obús del cuarenta y siete cuando varios ancianos comentaron en su círculo de amistades que habían visto varias sombras merodear la comarca. Sombras con un aura malvada y carnívora, si es que tal adjetivo puede servir para describir semejante fulgor.

 

Dormía yo plácidamente cuando recibí una llamada. Mi amigo quería tomar unas birras en su casa, lo que implicaba una nueva charla. Acudí presto a la cita y, en la lejanía, pude observar horrorizado como una cuadrilla de animales rodeaban su edificio, acechándolo mientras rugían con furia y un recelo mezquino que apestaba a la legua. Pero en esta ocasión el tipo sonreía en la ventana. “¡Ya no las tengo miedo!” gritó. Besó una fotografía colgada cuidadosamente en el alféizar y, de la nada, sacó una recortada con un cañón largo y reluciente. Apuntó con cuidado y le voló la cabeza a cada una de aquellas criaturas, que aún decapitadas agujerearon el suelo con su sangre avinagrada y corrosiva.

 

La leyenda de las perras del hortelano había muerto. Ya nadie gruñía, ni mordía, ni cazaba, porque a todos los ancianos les daba igual. El miedo estaba enterrado y nació una nueva justicia poética: la de la foto y la recortada.

January 25

Los hombres de Paco y su involución

 

Casi novecientos días después de su estreno, con más de cincuenta episodios a sus espaldas y un elenco de actores que se antoja exquisitamente cómico, los compinches de Paco Tous (bueno, sus guionistas) han decido tirar por la borda todo el esfuerzo empleado para convertirse en líderes de audiencia en el prime time del día de su emisión. De nada sirve que Michelle Jenner siga siendo la “lolita de la tele” y que Hugo Silva continúe desatando suspiros sexuales entre las adolescentes, ya no son incentivos suficientes para imantar a su audiencia y la muerte se aproxima. Ya se huele la putrefacción incluso antes de la descomposición, cosa mala para los aristócratas fieles a la serie.

 

Sentencian los sabios teleadictos que la excelencia de una serie no es perpetua, se marchita con el paso del tiempo y su trayectoria es en espiral, como si su destino estuviera irremediablemente avocado al fracaso. Esto puede darse, por ejemplo, cuando el guión se repite hasta la saciedad y hastía a los espectadores, cuyo número irá disminuyendo poco a poco en proporción a su nivel de hartura. Pero éste no es el caso de la serie de Antena 3, especialista en inmolar productos para alcanzar el éxito a toda costa (que se lo digan a Jack Bauer…), sino que su problema es más interno, de carácter quasi-filosófico. En fin, que se ha convertido en un dramón pastelero, con síntomas que atufan a suicidio implacable.

 

Las carcajadas que antes provocaban las irrisorias situaciones vividas por Paco y sus hombres han sido sustituidas por bostezos, llantinas y otras sensaciones difícilmente descriptibles con palabras, aunque desgraciadamente todas desembocan en la decepción. Digamos que, con su giro radical, la producción ha mutado en una telenovela made in Colombia, solo que en ésta nadie se llama Carlos Alfredo ni los glúteos de sus protagonistas femeninas están tan morenitos ni tan tersos. Además, se aprecia una ligera y penosa tendencia a imitar series yankis. ¿Qué hacen Povedilla y Lucas tanto tiempo en la cárcel para su misión? ¿Y por qué cojones tienen que quedarse ahora a defender al comisario? Esto no es Prison Break, cada uno a lo suyo.

 

Dudo si esta involución estará ligada a la impericia de los guionistas, cosa que me extrañaría echando un vistazo a los primeros capítulos de la serie y sus datos de audiencia, aunque lo que realmente demuestra es que el humor español está desapareciendo. ¡Ay, qué habrá sido de los clásicos humoristas que nos deleitaban con sus sketches y su salero propio! Ahora todo es humor inteligente, sátiro, verde, censurado, premeditado, irónico, racial, sarcástico o envenenado. ¡Queremos más humor estúpido, absurdo y sin sentido alguno! Si la fórmula funcionaba… ¿Para qué cambiarla? ¡Como esto siga así, ya sólo nos quedarán el jamón y las sevillanas!

December 18

Somos como niños

 

Los problemas y rompecabezas llegan con la madurez. A partir de ese mismo momento en el que uno es consciente de que existe vida más allá de la videoconsola, de los primeros cigarritos a escondidas en los baños del colegio, de las mañanas con Goku y las noches en que la una de la madrugada era una hora prohibida. Sí, existe vida más adelante, pero muchos desearán estancarse en esa etapa y continuar creciendo, desarrollando el intelecto pero huyendo de las responsabilidades. Son como niños.

 

Esos puñeteros niños que, con sonrisa perpetua y carentes de juicios morales, inundan los parques y se convierten en torbellinos allá por donde pasan. Todo el mundo les respeta: “Son niños”, piensan los abuelos. “Qué monos”, chismorrean los padres. Y entre ellos no existe lo que a estas alturas llamamos crítica, sino un vacile risueño e infantil que se gesta sólo para motivar a los presentes, nunca con maldad.

 

Esos malditos niños que únicamente ríen, comen y duermen. Son sus tres pilares básicos de supervivencia. No existe posibilidad alguna de que imaginen cuál será su futuro, qué consecuencias provocarán con sus actos y sus inconscientes puestas en evidencia y cuáles son sus auténticos deseos. Aunque se ha comprobado que éstos cambian cada pocos segundos, como caprichos efímeros que nacen, mueren y también comen.

 

Son esos niños los que despiertan la envidia de los mayores, de los que ya han topado con la realidad de los huracanes adultos. Por suerte o por desgracia, los niños se mantienen al margen de este asunto y gozan plenamente de su salud, si las heridas del añorado fútbol en el recreo lo permiten. Para ellos el universo disfruta de una plácida armonía que gira en torno a la televisión y a los videojuegos, principales orígenes de su diversión personal.

 

Esos entrañables niños… cuántas cosas tienen que les hacen felices sin ninguna preocupación. En el fondo, no son sólo unos pocos los que añoran su irresponsabilidad. Todos llevamos algo de Peter Pan dentro.

November 26

[REC] o la cafeína cinematográfica

por Christian Rubio

 

Cuando se cumplen las expectativas que un cinéfilo tenía depositadas sobre una película, en el mismo momento en el que llegan los créditos y queda extasiado le da igual el resto del universo. En su cabeza relampaguean constantemente imágenes del film, sus escenas cumbre, sus diálogos más simbólicos. Si a este bombardeo de fotogramas mentales le inyectamos una dosis desproporcionada de terror y angustia obtenemos la noche después de ver [REC],  ese producto que conmocionó a la audiencia en el Festival de Sitges e hizo apartar la mirada de la pantalla a más de uno.

 

Si en sus diez primeros minutos [REC] da la sensación de que vaya a convertirse en una hora y media de tedio, durante el resto de la película borra de un plumazo las caras de decepción de aquellos que ya se arrepentían de haberse dejado un puñado de euros en semejante bodrio. “Joder, acabo de desperdiciar 7 cañas”, pensarían muchos. Pero lo que no tenían en cuenta era una ley natural que reza que no se debe subestimar aquello que uno desconoce, o acabará por venirle demasiado grande. Así se sucedió la película, con un tono ascendente que desemboca en veinte minutos finales de auténtico pavor.

 

Pero vayamos por partes. Ángela, periodista de un canal de televisión local, y su compañero Pablo como cámara se encuentran realizando un reportaje sobre el cuerpo de bomberos de Barcelona. La noche transcurre tranquila y aburrida hasta que una llamada les lleva a un edificio en el corazón de la ciudad, donde descubren las quejas de una comunidad de vecinos por los chillidos de una anciana en el segundo piso… y comienza el minuto 11. Y con él llega la oscuridad, los giros de cámara asfixiantes, los gritos, los mordiscos y los respingos. Los pitillos que se estaban fumando los quinquis de la última fila se apagan con un gemido ahogado. “Que no me vea la novia”, pensarían ahora. Pero ya era tarde, se habían sentado y respiraban, se habían convertido en un espectador más, susceptible de no dormir esa noche por la conmoción.

 

Porque si algo hay que destacar de [REC] es, sin duda, el agobio y la claustrofobia que transmite. Los personajes son enormemente creíbles y cualquiera estaría familiarizado con ellos: Un argentino excéntrico, una pareja de abueletes con ligera chochera, una familia china que no sabe prácticamente nada del castellano… En fin, la historia podría desarrollarse en nuestro bloque de al lado. Además, el edificio ya de por sí es tétrico, antiguo y que invita a no alquilar jamás una habitación en él. Todos los factores se orquestan fabulosamente, incluso tendrán el poder de sugestionarnos hasta tal punto que nos convertiremos en propios actores, mordiendo a nuestro vecino de butaca en medio de un aullido o clavándole las uñas hasta el cúbito.

 

Los efectos de luz, a diferencia de Holocausto Caníbal y El proyecto de la Bruja de Blair (precursores del cine de terror en perspectiva de primera persona), son sublimes y siempre en su justa medida. Los planos no son ni descaradamente oscuros como para dejar implícita la tensión del momento ni excesivamente iluminados para no mostrar los posibles deslices en el maquillaje. Los sobresaltos serán una constante y en ningún momento sabremos cuándo daremos el bote de manera exacta, lo que le da un toque permanente de emoción o de intranquilidad, según se vea.

 

En definitiva, [REC] se ha consagrado como la mejor película de terror española de todos los tiempos y poco, muy poco, le falta para alcanzar el oro a escala mundial. Parecerá una exageración, pero todo es cuestión de gustos e impresiones. Su soplo de aire fresco al género, que bien lo necesitaba, y la perfecta interpretación de su plantilla de actores lo dota de unos rasgos soberbios. Tanto es así que su guión se ha convertido en carne de cañón en el mercado cinematográfico. Hollywood ya ha comprado sus derechos para hacer un remake (cuyo nombre será Quarantined) y los asiáticos apostaría el tabaco de un mes a que se lo están pensando. Olé, olé y olé.

November 14

Una fuga con Scofield

 

En un mundo desgarbado y aniquilado por la santurronería de lo débiles, siempre viene bien llevar encima un Michael Scofield. De esos chiquitines, como si  fuera un pokémon, para poder usarlo cuando creamos necesario. Que me perdone Wentworth Miller, no soy homosexual (Sorry man, I like women), sólo necesito para sobrevivir una cabecita pensante como la suya, con ingenio ilimitado y una templanza que roza la arrogancia subliminal. ¿Me la prestas, amigo, me permites tenerte como mascota?

 

Pero supongo que el pobre Went no tiene la culpa de ser así. Salió de las calles y entró en la sucia cárcel para salvar a su hermano, injustamente condenado por un crimen que no cometió, tatuado hasta la faringe y repleto de ideas. El plan era sencillo: escapar. No  requería nada más que su jugoso cerebro para culminarlo, porque todo el entramado ya estaba tejido en su materia gris. Ahí se encuentra el secreto de su éxito, en la capacidad para razonar y amueblar las ráfagas de lucidez y perspicacia que sólo unos cuantos tienen (tenemos, por qué no). Y no es cuestión de bajarse un cursillo para aprender online, ni que un amiguete te desvele el enigma de cómo hacerlo. Se nace con ello.

 

El pequeño gran matiz de diferencia es que lo que él consideraba la cárcel, yo lo considero un bungalow a la orilla del mar con los tiempos que corren hoy en día. Se ha dado rienda suelta al desenfreno de la estupidez y la ignorancia, esas aptitudes tan vitales para actuar con hipocresía. Bueno, en mi prisión prototipo los hipócritas no llevan traje de rayas ni una pesada bola de hierro enganchada al tobillo, pero siempre cargan con una dura condena encima, la de ser idiotas. ¡Olvidemos la cámara de gas, esto es mucho más indigno y justo!

 

Otros presos queman banderas y fotografías con la cara cubierta por una bufanda, supongo que alardeando su pronunciado carácter democrático. El tipo de la corona debe sentir un constante pitido en sus oídos y un “profundo orgullo y satisfacción” de la valentía y franqueza que transpira nuestro país. Supongo que rasgarse las vestiduras es algo que se inculca desde pequeño, desde el primer momento en el que alguien tira la primera piedra y esconde la mano con salero, como si fuera lo más común y atrevido.

 

¡Ay, Michael! ¡Quién te llevara en el bolsillo de los pantalones! Aquí la situación es cada vez más irrisoria y recalcitrante, y los presos confían en que tienen barra libre para cometer sus fechorías. Muchos de ellos apuñalan por la espalda y después silban con indiferencia, sin el suficiente pudor como para mirar a los ojos tras hacerlo ni tan siquiera enviar un e-mail más tarde. Y ya no sólo son los oscuros callejones los lugares idóneos para ello, sino que se ha abierto el abanico de posibilidades y ocurre frecuentemente en discotecas, parques, la casa de la novia, la del novio, comidas familiares, botellones… ¡Nos desbordan las cárceles, my friend!

 

Por eso ven conmigo y tráete tu cabeza contigo, tráete tus ganzúas y tus golpes de agudeza. Tatúate un mapa más grande y escapémonos de este antro, que el aire está ya demasiado cargado. ¿No te parece que estas lindezas populares ya nos están consumiendo, devorando nuestro preciado y sabroso cerebro? ¡Sacre bleu, bendito ostracismo!

 

PD: Allá donde nos fuguemos… ¿Habrá banderas? ¿Habrá reyes? ¿Tal vez mujeres psicópatas o botarates inútiles? Pero sobre todo… ¿Habrá alguien a quien mandar callar?

October 07

Día de basket

 

Era día de basket, y se notaba. Vaya si se notaba. Los pájaros cantaban, las nubes se levantaban y la euforia se contagiaba como un virus benigno y dulce, con síntomas de excitación previa al partido. Después se comprobaría que la enfermedad no mató al gigante sino que le hizo más fuerte, más pasional, más efectivo y enormemente familiarizado con sus armas, como si llevara toda la vida con ellas. Nosotros no nacimos con una barra de pan bajo el brazo, nacimos con magia en la muñeca, conejos blancos sin chistera, para qué, no nos hace falta. Vaya si se notaba.

 

Y a las 5 y pico de la tarde, el Sol salió únicamente para vernos jugar, quizás también febril, cansado de estar oculto y esperando su momento, el amigo tiene mucho afán de protagonismo. Así que nos envió sus rayos a la facultad de Montes, paraje donde actuaba el gigantesco mago de aptitudes innatas, colorada vestimenta y actitud melódica, casi divina. Pero los dioses esta vez no hicieron falta, más que nada porque esta vez eran ellos los que debían rezar por nuestra bendición, de cualidades perennes y que asfixia a los impíos.

 

Tanto es así, que el policía número 5 (Cortocircuito no, su número de la camiseta) asistió incrédulo al acto: introducción, nudo y desenlace de enojos cósmicos, subiendo muy alto y bajando excesivamente rápido. Era la cólera de una víctima que se disparó al pie al rodearse de cómplices ajenos al asunto, supongo que creyendo que nosotros íbamos a jugar al mus, aunque el resultado hubiera sido el mismo. Quintanas aparte (se nota donde estaba la calidad), el equipo rival duró 10 minutos, es decir, un refresco en el McDonalds o un intermedio de Antena 3. Eso logró aguantar.

 

El arreón inicial no hizo más que deshincharse cuando se terminó de engrasar la maquinaria. A estas alturas, todos los integrantes del hercúleo Unipaja de la Villa ya habían tomado nota de la función, por lo que arrancar no fue excesivamente complicado. Está claro que lo bueno se hace esperar, no sé si esta teoría funcionará en las citas a ciegas o en la búsqueda de nuestra media naranja, pero en esta ocasión sí se cumplió. A los quince minutos, era caperucita la que se zampó a la abuelita y el lobo el que llevaba morcillas en su cesta. Unipaja tenía la boca más grande y los colmillos más afilados, no podía ser otro que el protagonista de esta historia.

 

Daba absolutamente lo mismo quien pisara el campo. Allá donde plantara un pie cualquier unipajero, hoy ha crecido la hierba. Y seguro que amapolas. Porque el dominio táctico fue aplastante y la hermandad del equipo total, se ve que todos nadamos en el mismo líquido amniótico. No sabemos lo que significan las palabras entrenamiento ni concentración, de qué sirve mojar pan si nosotros somos la salsa. Tal fue la soltura que nos atrevíamos a tirar triples con brío y valentía, con la premisa de que el espectáculo llega cuando los grandes se recrean con su juego.

 

Y entre exabruptos de los rivales (no llegué a comprender de qué se quejaban), animadoras mudas y litros de sudor, Unipaja de la Villa se metió el partido en el bolsillo, acomodándolo entre algodones y conejos blancos. Intranscendentales fueron los últimos quince puntos del encuentro, que prácticamente les regalamos por condescendencia o por agotamiento, nunca se sabrá de cara al público.

 

Era día de basket, y se notaba. La temporada aún no ha comenzado y ya vendemos varitas con nuestros nombres estampados en ellas. Y la magia no se agota ni se desinfla como la paciencia de nuestros rivales. Es eterna.

September 25

Maestros del Sistema Sexogesimal

 

Banco de tres patas

Nos huyen las ratas

Doctores sin batas

Sarcasmos en latas

La sensatez nos mata

Las bocas nos catan

La lengua nos atan

O eso pretenden.

Aquí no se vende

Y allí no se entiende

Que nadie se asiente

Péndulos que no penden

Que un cuarto no entre

Que no vaya y lo intente

Que ojalá reviente

Y que salga de espaldas.

A todos las faldas

Sin parches rojigualdas

Lascivia a patadas

Hogueras en llamas

Follamos y tú pagas

La libido en manadas

Algunas casadas

Lujurias amaestradas

Cada cual a su librillo.

Dos, tabaco y papelillo

Y el de sabinesca esencia

Tres a la enésima potencia

Alfombra roja y presencia

Divina decadencia

De la enfermedad que acecha.

Ceros a la derecha

Sutilezas en la brecha

Encienden la mecha

Inundan los bares

Ninfómanos guturales

Ironías carnales

Golfas deidades

Que copan celajes.

Aquí no se bajan

Y allí nunca cuaja

De Goya, la más maja

Del barrio la afortunada.

Homenaje a Calatrava

A Doherty en sus baladas

A las quimeras maniatadas

Disfrazadas de malvadas

Y al tequila sin sal.

Sin arena y tres de cal

Gozando la atracción fatal

Alzada como ley marcial

Mientras van a la palestra

Enseñan número y letra

Paradojan lo sexual

Si se juntan los maestros del

Sistema Sexogesimal.

 

A Pablo y Juan 

September 05

Queremos más insomnio

 

El cine español debería producir sólo películas de terror. De esos filmes oscuros y siniestros, únicamente iluminados por candiles, linternas con pocas pilas, velas macabras que descansan en candelabros sangrientos y la lúgubre luz de la luna. Donde no haya más que un tétrico escenario que inyecte por los ojos sensación de claustrofobia, donde los cinéfilos nos sintamos encerrados con el protagonista, oliendo su miedo, donde el terror psicológico prime sobre el gore.

 

Vale que nuestros actores (y actrices) sean mediocres y sobreactúen, y también es cierto que están descaradamente encasillados. ¿Quién puede imaginarse a Gabino Diego sin desempeñar un papel cómico? O también a Bardem, donde a excepción de unas pocas como Mar Adentro y Los Fantasmas de Goya la mayoría de sus películas son de sexo y balas. Desgraciadamente, estos 2 temas no han sido utilizados nunca en el cine nacional (nótese el sarcasmo), y los líos de cama de Antonio Ozores, Juanito Navarro y Florinda Chico acompañados de tiroteos sinsentido han sido la tónica de la producción fílmica española desde que Franco era corneta.

 

Eso frena nuestro cine y el de cualquiera con un mínimo de consideración por el séptimo arte. No es de buen gusto sentarse en el sillón, poner una peli española y contar los minutos que faltan para que aparezcan los primeros pechos (femeninos, claro) en pantalla. Un polvo, un diálogo (la mayoría palabrotas), una situación cómica y hasta luego la ropa interior de nuevo. Da la sensación de que no avanza, de que el guionista probablemente hizo su trabajo con una película porno puesta y un bulto en sus pantalones. Todos conocemos ya los senos de Paz Vega y Victoria Abril, por favor, dejadlas alguna vez los sujetadores puestos y las piernas cerradas.

 

Y si alguien no sabe (o no quiere) desarrollar nuevas virtudes, debería explotar las que ya tiene. Y si alguno no se las encuentra que se hurgue bien. Pero las del cine español al menos están ahí y son vistas por la mayoría. Santiago Segura nos trae la comedia, Álex de la Iglesia alguna que otra de humor negro y Amenábar nos deleita con maravillas como Abre los ojos y Tesis. Gracias a Dios el colosal Guillermo del Toro se ha subido al carro y sus últimas producciones (El Laberinto del Fauno y El Orfanato) denotan un marcado carácter ibérico. ¡Viva México lindo y querido!

 

Son precisamente Amenábar y Guillermo del Toro quienes han tenido que venir y demostrarnos cómo ganarse al público español, con el cine que todos queremos ver. Manda huevos que sean un chileno-castellano y un gringo-azteca quienes se han llevado el gato al agua ganándose la mordaz crítica de este país.

 

Ahora espero ya sin uñas los 2 futuros bombazos que nos depara la taquilla del 2007. Uno es el ya citado filme de terror El Orfanato, presentada por Guillermo del Toro aunque dirigida por Juan Antonio Bayona. Habrá que estudiar con lupa el papel de Belén Rueda (no puedo imaginármela sin tener al lado a Resines o José Coronado) y los giros de guión, aunque seguro que no me decepcionará.  Pero la auténtica perla llegará a finales de noviembre de este año. [REC], de Jaume Balagueró, se presenta como un producto asfixiante y aterrador, donde una reportera se encarga de grabar con su cámara la labor de un grupo de bomberos que vivirán una misión de rescate espeluznante. El pánico se vive en primera persona, al estilo del Proyecto de la Bruja de Blair, tan amada por unos y tan odiada por otros.

 

La verdad, tengo muchas esperanzas depositadas en que la línea de producción siga por estos derroteros y la calidad de los guiones continúe ascendiendo. Todo ello gracias principalmente a los horror film, esas películas que románticamente unen a las parejas si las disfrutan juntos, abrazadas como lapas con cara de espanto. Esas películas que infunden insomnio, porque dormir es aburrido después de un drama pastelero. Exploten esa cualidad, amigos cineastas, y se harán mas universales que el Vicks VapoRub. Luego, y sólo luego, tendrán algo con lo que plantarle cara a Hollywood.  

July 16

Se merecen el petróleo

 
A mi no me engañan. Desde la televisión nos escupen cada día nuevos datos sobre el vertido de fuel que asola la costa de Ibiza. Hoy son 6 kilómetros, mañana serán más y al otro todo estará controlado. Y los políticos trajeados, la alcaldía, los dueños de los chiringuitos playeros y los propietarios de los hoteles ya se llevan las manos a la cabeza. Con la boca pequeña se lamentan delante de las cámaras de las terribles consecuencias que traerá el carburante al entorno natural de la zona. Pero no. A mi no me engañan.
 
Ya en las noticias dadas por la caja tonta, se comentan inicialmente los fatídicos resultados medioambientales que el desastre provocará sobre la playa balear. Esto sólo lo hacen para dejar un buen sabor de boca, ya que rápidamente se ceban en el asunto que realmente les importa: Lo que afectará al turismo. El tema lo dejan al final, como si lo aparcaran en un segundo plano. Pero es sobre él donde aplican todas sus estadísticas, análisis, estudios e informes. Es hacia él donde dirigen su lamento y sus plegarias, porque es lo único que les beneficia. El taco de billetes que sueltan los turistas en sus vacaciones.
 
Aquellos políticos y empresarios deben enseñar su verdadera cara y mostrar algo de rectitud. La hipocresía es cara y nauseabunda, y lo peor es que se huele a la legua. De hecho la suya se capta de inmediato sólo con oír sus declaraciones para los informativos. Una lágrima de plástico por la naturaleza y una oración porque este año me siga haciendo de oro gracias a los veraneantes. Los animales marinos muertos y las toxinas que suelta el crudo no deberían echar para atrás a los turistas, que vengan a Ibiza, sus gobernantes brillamos por nuestra honestidad. Podéis quedaros con este eslogan, a ver si tenéis suerte.
 
Afortunadamente aún hay personas que realmente se preocupan de lo que es la auténtica víctima de lo sucedido, y voluntariamente limpian las playas sin ánimo de lucro ni ganas de forrarse por ello. Gracias a estos detalles supongo que es como se mantiene el equilibrio en este mundo, aunque yo sigo sin creer en él. Sinceramente, estos tipos se merecen el petróleo tanto como la ruina. Porque claro, la fauna afectada no puede satisfacer los deseos de estos mojigatos. Los pobres peces aún no llevan tarjeta de crédito en el bolsillo.
July 09

La prosa de Salou 1/3

 
Narrar textualmente todo lo que aconteció en Salou se convierte en una tarea imposible. Habría que desarrollar un nuevo tipo de prosa que penetrara por todos los sentidos, no sólo por la vista, ya que para recoger todos los momentos debería utilizar muchas otras herramientas además de las letras: arena de playa, hollín de barco, flyers de relaciones públicas de otro planeta, olor a salitre, whisky y ron, una baraja de cartas, guiris del paraíso, guiris del inframundo, zumbados que hablan con el cuello de su camisa, encimeras sucias y música house. Si pudiera meter eso en una coctelera, agitaría y lo serviría con una rodajita de limón, pero no refrescaría tanto como saborear sus ingredientes uno por uno y cada cual a su tiempo.
 
El viaje se completó en 2 rondas, una por la mañana y otra por la tarde, Campo y Quintana al volante respectivamente. Servidor iba en la 2 segunda, acompañado de Juan y Víctor. Manoplas marchó con el alto en el primer turno, por lo que llegaron antes y se dieron un chapuzón playero mientras los demás nos asfixiábamos en la carretera. En esta ocasión la música tampoco congenió con mis gustos, y pasé 6 horas de puro infierno de rock and roll. Tuve suerte y solamente eran mis oídos los que iban en aquel Peugeot, ya que corazón, alma y espíritu ya me esperaban con la testosterona en nuestro apartamento de Salou.
 
Al llegar, la primera impresión que tuve del mismo es que acababan de colocar el último ladrillo hacia cuarto de hora y pintado las paredes mientras subíamos en ascensor. Excelente decoración vanguardista, mucho espacio y poco mueble pero todo muy chic. No hay más que decir que los sofás lucían un hermoso tapizado rojo chillón. El estilo rápidamente quedó eclipsado por ropa sucia, botellas vacías y platos grasientos, aunque eso ya se iría agravando con el paso de los días.
 
Dejamos las maletas cada uno en nuestra habitación, Juan y yo en la de matrimonio, situación muy entrañable inicialmente pero que después comprobé que era un auténtico suplicio. Sus exigencias eran todo un ejemplo: ventana y puerta totalmente cerradas, persiana bajada, absoluta oscuridad, música ambiental de fondo, ni una sola huella en la habitación, ni un solo ruido… vamos, que más que dormir Juan parece que vaya a realizar un ritual satánico antes de irse a dormir. Pero bueno,  la cuestión es que rápidamente las habitaciones fueron ocupadas, ensuciadas y maltratadas.
 
La primera noche se convertiría en un clon de las demás, cada una con su batuta propia pero siempre orquestando una fabulosa melodía: La del alcohol deslizándose por nuestros gaznates. Las cartas fueron el complemento ideal para acelerar el proceso de nublar la consciencia, y entre juego y juego las carcajadas fueron ineludibles. Quintana se encargaba de fusilarnos a todos con sus normas. Normal, se agazapaba detrás de su agua mineral mientras los demás ya nos reíamos de nuestra propia sombra, con lo que nos llevaba bastante ventaja en cuanto a rapidez de reflejos y estabilidad psicológica. Pero precisamente el alcohol y el aroma a sal hicieron que nos desinhibiéramos rápidamente, y a tal velocidad ya estábamos en la zona de garitos presentándonos a unas chiquillas cuya presencia en días posteriores traería cola.
 
Primeramente fuimos al Pachito, hermano pequeño de Pachá, tanto en nombre de pila como en componentes humanos. Allí abundaba la adolescencia reprimida, los jovenzuelos que reían y bailoteaban nerviosamente disfrutando de sus primeras vacaciones alejados de la opresión paternal. Realmente nosotros también nos sentíamos de esa manera, por lo que el proceso de adaptación a la música house y a las gogós de infarto se hizo fácilmente.
 
El “Garage”, también conocido como bar/garito/pub/antro de mala muerte de rockeros zarrapastrosos, sería nuestra siguiente y última parada del día. Susodicho tugurio ponía la nota discordante a cualquier idea de zona playera que todo el mundo tiene en mente. Su entrada parecía una puerta secreta hacia el mismísimo Argüelles. A esta gente se le puso el vello de punta de pura nostalgia. A mi personalmente me entraron ganas de sollozar como un niño al que le han robado los caramelos. Pero la decepción duró poco y se animó con la presencia de las ya citadas chiquillas. Eran 6, todas con una edad de dudosa incógnita, y que me llevó a realizar una apuesta de un mini con Víctor la cual perdí en cifras y gané en picardía. Él decía que tenían más de 18. Yo que aún ni los olían. Una de ellas me confesó que sí tenían la mayoría de edad, pero acudí raudo a persuadirla ofreciéndola dinero para que dijera que tenía 17. A mi manera fue y aún así no la pagué nada, ya que el mini que estaba en juego se quedó flotando en el éter. Finalizada la primera apuesta, nos citamos con ellas al día siguiente para hacer un botellón nocturno en la playa. Esa sería la primera noche, que acabó con la sesión de ritual macabro con Juan en el dormitorio.

La prosa de Salou 2/3

 
Los días posteriores, para abreviar, traerían una línea marcada por las visitas a la playa y a la piscina, más bebida en la noche bajo la luz de la luna (que por cierto, juro que estuvo 4 días la luna llena consecutivos), y bailes en los garitos hasta altas horas de la mañana. Merece la pena resaltar varios aspectos que se desmarcaron un poco del resto.
 
La primera visita a la playa fue a la “zona fea”, por decirlo de alguna manera, que estaba más cerca de nuestro apartamento pero que dejaba bastante que desear. Allí sólo había arrugas y guiris, ni un solo topless que disfrutar. Pero la pereza de tener que ir a la “playa bonita”, considerablemente más lejana, hizo que más de un día nos quedáramos a padecer las consecuencias de no movernos un poco. Sol y sal, agua y paletas, féminas de otra dimensión, nos deleitamos con todos los tópicos posibles que se pueden dar en cualquier zona costera. Mi sueño de montarme en la banana o la churra, como decía Manoplas, no se cumplió y me quedaré con las ganas otra vez. Es una lástima. Como también lo es pasarse más de 12 horas al Sol todos los días y ver como tu color de piel pasa del blanco folio al rojo quemazón sin aparecer el moreno en ningún momento. Desde luego, más que lástima es frustración. Mención especial a un par de moros que se liaron a fumar cachimba en todo el medio de la playa. A eso se le llama disfrutar del verano en mayúsculas.
 
La cita con las pequeñas del Garage se completó con una odisea de noche. Las chicas eran de lo más retraídas e insociables que me he echado a la cara, por lo que mantener un diálogo fluido con ellas costaba sudor y sangre. Precisamente eran las 2 menos agraciadas las más dicharacheras, se ve que tenían que potenciar alguna virtud para poder sobrevivir en este valle de lágrimas. Nos separamos un rato tras nuestro monólogo masculino y al rato un mensaje dejaba constancia de que Campo había triunfado. El conquistador, cuya capacidad de raciocinio estaba gravemente afectada por el alcohol esa noche, exigió presto ir a por ellas. Pero cuál sería nuestra sorpresa al llegar, que las menores de edad estaban de flirteo con unos guiris, destrozando la esperanza de Campo de pillar cacho. Me negué en rotundo a aceptar tal situación de vacile, así que decidí calentar la cabeza a la líder de ellas, de parecido muy discutible a Elsa Pataky, para que por lo menos Víctor sí lograra catarla. Pobre mujer, aún estará pensando en lo cabrón que era su novio debido a mi “verborrea periodística”. Fue una de esas veces en la que uno se siente un poco proxeneta.
 
Campo se marchó el domingo dejando tras de sí un día de nubes, viento huracanado y lluvia a ráfagas. Una timba de póker, un juego de mesa de Quintana con preguntas de primaria y unos vinitos solventaron el escollo. Juan y yo salimos después, había que exprimir al máximo la semana tratando con los relaciones públicas de los garitos, totalmente insaciables, aunque habría 2 que serían especiales: La yonki y la vasca. La primera por su sonrisa perpetua y sospechosamente tensa, que al andar dibujaba eses y nos observaba con los ojos vidriosos. Después tenía la suficiente moral como para invitarnos a su garito, también conocido como el puticlub mafioso de  Salou, donde en la primera y única visita que hicimos nos aguardaban 3 chinos con maletines y uzis bajo la mesa. El resto, 5 negros, una gogó mulata y un par de bakalaeras rubias bailando en medio de la pista, dando el cante. Salimos de allí asustados. Y de la vasca ya hablaré más adelante.
 
Hasta el miércoles, mañanas, tardes y noches transcurrieron completamente normal: dormir, “playear” y salir respectivamente. Por aquel entonces la casa ya empezaba a desprender un aroma un tanto cargante a ropa sucia y sobre todo a aceite estancado en la sartén. Definitivamente, los hombres solteros o no saben o no quieren desenvolverse en el ámbito de la cocina. La vitrocerámica, nueva a nuestra llegada, al tercer día ya exigía la jubilación, y la basura se agolpaba en el cubo con aires desafiantes de desbordar todas las bolsas posibles. Pobre cocina, echaré de menos todas las frituras que nos permitió aquella semana.
 
Mientras tanto, el apartamento además nos brindaba una hermosa piscina que nos servía para desahogarnos del pegajoso salitre de mar. Nuestros únicos vecinos, 3 ó 4 familias catalanas con sus correspondientes hijos repelentes, demostraban con sus miradas la terrible repugnancia que sentían por nuestra presencia. Culminaron su odio celebrando una barbacoa de la comunidad por todo lo alto a la que por supuesto nosotros no estábamos invitados. El último día la piscina rebosaba de juguetes infantiles y papeles (entre ellos un periódico As, ¿sería una maldita coincidencia un diario madrileño en el agua?), situación cochambrosa que a los vecinos traía al fresco. Estarían demasiado saturados devorando la grasa de sus filetes como para abroncar a sus niños.

La prosa de Salou 3/3

 
Con más gloria que pena llegó el miércoles y con él nos presentamos en Port Aventura. Yo soy un poco cabrón y debería de decir Puerto Aventura, pero que esta vez pase por si me exigen copyright. Bastante tuve con ver anuncios del Corte Inglés en catalán y que intentaran venderme tabaco también en esa lengua infernal. En fin, nos plantamos allí y entre los 6 euros de parking y los treinta y nueve euros de entrada (en letras impacta mucho más) mi cartera ya empezaba a agonizar y aún no habíamos calculado la media de gastos comunes. Un riñón menos. Desde luego había que amortizar la pasta gansa que cuesta el parque, así que nos montamos en todo lo que realmente merecía la pena, véase Dragon Khan, Furius Baco (la nueva donde se montó Rossi), Estampida, Huracán Cóndor (la Lanzadera de toda la vida), Tutuki Splash (nombre ridículo dado a los Fiordos) y Silver River Flume, bautizado por Juan como “Los Tronquitol”. Fue precisamente en el Tutuki donde nos encontramos uno de esos zumbados que vagan por la calle hablando solos, gesticulando e incluso dándose explicaciones a ellos mismos, como si estuvieran manteniendo un diálogo con su locura. Aquel hombre aguardaba en la cola detrás de Quintana, que sólo podía mirarle con el rabillo del ojo y amedrentarse mientras el maniaco hacía unos movimientos cavernícolas. Y al subir a la barca, se puso al lado de Juan y no hacía más que reírse estúpidamente. Afortunadamente bajamos de la atracción y no se le volvió a ver el pelo.
Los treinta y nueve euros se terminaron de amortizar cuando en un pimpampum conseguí un peluche de Homer Simpson de metro y medio que causó auténtico furor entre los guiris y con el que llegamos a la conclusión de que no cabría en el coche ni por asomo. Pero yo no estaba dispuesto a deshacerme de mi adorado Homer, por lo que se convertiría a la vuelta en el sexto pasajero, aunque fuera aplastado en el maletero. Manoplas también consiguió un peluche en una carrera de caballos, que logró vencer mofándose de la presión que le metían sus rivales dándole ánimos a modo de vacile cuando escucharon su nombre por casualidad.
Por suerte nos llevamos bocatas que taparon el agujero de las 4 de la tarde, pero por desgracia la bebida se quedó en la nevera portátil que a su vez nos esperaba aburrida en la puerta de casa. No tuvimos más remedio que desprendernos del otro riñón y comprar las bebidas. Acabamos hartos de comprar líquido y caímos en el espantoso error de beber agua de las fuentes del parque. A las 6 horas, Juan y yo ya andábamos con el esfínter algo flojo. Bendito Canal de Isabel II.
 
La visita a Port Aventura tocó fondo y marchamos de nuevo hacia el apartamento donde, una noche más, brindamos con copas y salimos de farra, esta vez ya con el cansancio haciendo mella. A la rrpp del Tropical, garito sin duda más pijo de Salou, la teníamos desquiciada con nuestra presencia, ya que a la pobrecita siempre la lográbamos comer la oreja de que nos dejara entrar en su local a las 3 de la mañana gratis cuando ya no se podía a partir de la 1. Todas las veces el jefe la echaba una mirada asesina y fulminante cuando nos veía entrar con ella y no soltábamos un duro, pero no la llegaron a dar la carta de despido, al menos hasta que nos fuimos.
 
En estos derroteros conocimos una noche a la vasca (de Bilbao concretamente), cuyo nombre no se dignó a decirnos en toda la semana a pesar de su desparpajo y salero innatos. El último día nos enteramos gracias a otro relaciones que se llamaba Idoya, el nombre que yo predije, aunque en nuestros corazones siempre será conocida como la vasca. Así, la campeona nos convenció en 10 segundos de visitar su pub y tomarnos un chupito, tras el cual se quedó bailando con nosotros un buen rato. Los bailes dieron paso a una despedida afable y risueña, que a su vez terminó en… un tropezón fatal. Nuestra amiga topó con una tarima en su camino y se precipitó al suelo, donde comenzó a rodar como una croqueta. Yo estaba de espaldas en el momento del tropezón, pero las carcajadas de Víctor y Manolo me hicieron darme la vuelta y apreciar el instante en que la vasca se rebozaba en el piso y se levantaba como un rayo con una sonrisa de avergonzada. La caída causó una mezcla entre estupor y jolgorio en la sala. Muchos reían tímidamente, otros preguntaban qué había pasado y los más descarados (yo, por ejemplo) lloraban de la risa. Los puertas y el resto de rrpp vieron todo a través de las cristaleras y tampoco podían parar de reír. Ella nos había explicado que era su primer día trabajando en ese local. Menudo comienzo. Pero se ve que la torpeza la llevaba en la sangre, porque en los días posteriores pudimos verla en la playa disfrutando en la arena de decenas de caídas tontas. Esperemos que no la hayan echado por el divertido accidente, aunque que la viera todo el staff del garito darse semejante porrazo ya la ha marcado todo el verano.
 
Con la tontería llegó el jueves, que se antojaba goloso. Era el último día completo en Salou y Manoplas había quedado con unas amigas suyas de Zaragoza, que según captaron mis oídos iban a ser verdaderas divinidades femeninas. La noche prometía, por lo que la mañana y la tarde se desarrollaron como mandan los cánones: Dormir y despedirnos de la playa. Recorrimos la mitad de los chiringuitos playeros, ya que era absolutamente inviable verlos todos, y realizamos las compras y regalos correspondientes. Mi cartera comenzó a escupir arañas.
 
Cayó la noche, cené espaguetis por quinta vez en la semana, bebimos y salimos. Nos despedimos también del Garage, algunos con tristeza y yo en éxtasis, y Quintana se fue a dormir, ya que a la mañana siguiente le tocaba conducir para llevarnos de vuelta a la añorada capital. Los 4 restantes nos citamos con las deidades mañas de Manolo en el Emporio, el garito de la vasca, y ahí nos esperaban ebrias perdidas. Comprobé de esta manera que ni tocaban el arpa ni llevaban alas, sino que más bien eran unas mozas ligeramente sueltas y con altos niveles de modestia. Una de ellas había pasado por la cavidad bucal de Campo, Pablo y el mismo Manoplas en menos de un año, con lo que se comprobó que a la muchacha la atraen en enorme medida los círculos de amistades. Víctor no p